2 de enero de 1933

VERDE Y BLANCA
MISIVA DE HERMANO
A los andaluces –cristianos, musulmanes y sefardíes- de Marruecos.
Tiempo hacía que tenía yo vivos deseos de ponerme en contacto con vosotros, mis dilectos hermanos de ese lado del estrecho, siquiera fuera espiritualmente.
Porque, más de millón y medio de andaluces, por nacimiento, por abolengo, de corazón; separados de la tierra querida, a la que constantemente vuelven amorosos sus ojos, poniendo en ellos sus almas doloridas por la ausencia, y cifrando en este incomparable país sus más dulces ilusiones; son más que suficiente incentivo para que un andaluz, que en serlo tiene su mayor orgullo, anhele dirigirles una cordial salutación, un mensaje de fraternal inteligencia, un recuerdo de glorioso pasado, una esperanza de porvenir esplendoroso para Andalucía y para todos sus hijos.
Discípulo, no más, de la noble y prestigiosa Escuela Andalucista, que fundara e impulsa sabia y vigorosamente la privilegiada mentalidad, el celo desinteresado, la incontrastable energía creadora del andaluz del siglo, Blas Infante. Discípulo, repito, pero fervoroso y perseverante, de tan gran escuela, he aprendido de sus doctrinas a considerar como miembros de una sola familia, aunque varia por su extensión, a cuantos venimos de aquel Al-Andalus que fue “lámpara única encendida en la noche del Medievo”.
Vosotros todos, pues, pertenecéis a mi familia; o, si queréis mejor, yo pertenezco a la vuestra; a la que procede de aquel plantel de hombres que, por sus genios, fue admiración del mundo; plantel engendrado en el vientre fecundo de nuestra madre Andalucía, que lo parió a empujes de sus culturas, criándolo con la leche vivificadora manante de sus entrañas, en dulce y sereno regazo circundado por el más plácido y perfumado ambiente.
Vuestros abuelos, de los que nosotros descendemos; nuestros antepasados, de los que vosotros sois nietos, constituyeron aquel plantel que fue glorioso origen de nuestro linaje.
Acomodados, libres, dichosos, vivían nuestros ascendientes; rica, soberana, admirada era Andalucía, que, con el nombre de Al-Andalus, entonces era conocida. A sus academias, venían a estudiar losa sabios de todo el mundo; sus artes, eran imitadas en todos los países; la filosofía, la arquitectura, la literatura, la poesía, todas las bellas artes, eran en Al-Andalus cultivadas y perfeccionadas como en ningún otro pueblo; en agricultura, sus sistemas de riegos y cultivos hicieron de todas estas tierras verdaderas granjas modelos.
En pocas palabras: no había pueblo que a Andalucía aventajase en riqueza y cultura; musulmanes, cristianos y mosaicos, convivían, respetándose mutuamente en sus creencias, y dedicándose cada cual a sus labores y estudios, con lo que más y más elevaban el nivel cultural y económico del país.
La torpe envidia y la desenfrenada codicia, despertaron en reyes y magnates de los pueblos centrales y norteños de la Península, el deseo de apropiarse aquellas riquezas y de anular tan originales culturas, que al mundo asombraban; otros pueblos europeos, animaron y aun ayudaron a los reyes y magnates españoles en la obra devastadora de Andalucía.
Sembraron discordias entre los pueblos de Al-Andalus, para más facilitar su criminal empresa, a la que tuvieron la avilantez de llamar reconquista y apellidar cristiana; como si Andalucía hubiera sido alguna vez dominio de aquellos señores o de sus antepasados, y como si la religión cristiana hubiera de extenderse por la violencia de las armas, y permitiera el robo, el homicidio, la expoliación.
Más dada Andalucía, en todos sus tiempos, a intensificar y difundir sus culturas, que al embrutecimiento, la rapiña y los horrores de las guerras, a las que solo acudió, lealmente, en obligados casos de honor, para volver en seguida a sus nobles aficiones; y, habiendo de luchar contra legiones adiestradas solo para el combate, y muy superiores en número; después de siglos de heroica resistencia en que tantas y tan grandes pruebas de valor, hidalguía y liberalidad se dieron por nuestros abuelos, se consumó aquella obra nefanda de la conquista de Andalucía.
La empeña joyas y su compañero; Isabel y Fernando; aquella pareja de Reyes, ella de Castilla, y del Aragón él, fueron los que dieron término a tan inicua empresa.
En posesión, ya, de Andalucía, aquellos monarcas, había que pagar sus servicios a los capitanes, magnates y jefes de mesnadas que realizaron la conquista; no se encontró medio más honrado que despojar de sus tierras a sus cultivadores, y, dejándolos en la miseria, entregarlas a aquellos profesionales de la guerra. No conociendo estos, otro arte ni ocupación que el guerrear, pronto, tan bellos y productivos vergeles se convirtieron en tristes y míseros eriales; hoy solo vestigios quedan de los acueductos y acequias que hacían regables estas tierras; perdida la agricultura, principal fuente de riqueza de Al-Andalus, vino la miseria de Andalucía.
Había también que hacer desaparecer aquellas culturas, y las academias y bibliotecas fueron cerradas y millones de libros ardieron en las plazas públicas.
Destruidas las industrias y perseguidos los grandes sabios, los literatos, los artistas etc., este pueblo que era admiración universal, se convirtió en lugar de desolación, hambre e incultura. Ya, Andalucía no era aquel Al-Andalus; era… un pueblo esclavizado por los monarcas de Castilla y Aragón.
La deslealtad, el perjurio, la confiscación, el destierro, desconocidos en este país, fueron practicados con toda desvergüenza y ensañamiento, por reyes que se llamaban católicos y que decían habían realizado una obra cristiana; no se concibe mayor insolencia ni más descocada profanación.
Temerosos de que aquellos sabios mosaicos y musulmanes continuaran las enseñanzas de sus ciencias y artes; y codiciosos de sus grandes riquezas, so necios pretextos, conminaron a todos con la confiscación de sus bienes y expulsión del territorio, en plazo brevísimo, si no abjuraban de sus creencias religiosas. Unos, abandonaron este suelo que tanto querían, volviendo, de hito en hito, la vista y el corazón hacia estos lugares que fueron de sus dichas; estos, andaluces sefardíes y musulmanes de Marruecos, eran vuestros padres. Otros, más apegados a su pueblo, más temerosos de la emigración, o más audaces, quedáronse aquí; fingiendo abjurar, siéndoles indiferente, o huyendo a esconderse en estas agrestes sierras; estos eran nuestros padres, los padres de los andaluces cristianos que en Marruecos vivís.
Vosotros mismos, andaluces cristianos que en África estáis; ¿qué sois, sino expulsados también de nuestra amada Andalucía, por el ominoso poder centralizador? ¿Estáis ahí por vuestro gusto? No; salisteis de vuestros pueblos o salieron vuestros padres, buscando un medio de vida que en Andalucía no se encontraba; y no se encontraba, no porque este país carezca de posibilidades para mantener con desahogo doble y triple número de habitantes de los que hoy tiene; sino porque el caciquismo territorial, en infame maridaje con el cacique político centralista, han mantenido fuera de explotación las más copiosas fuentes de riqueza, de producción en Andalucía. Sois tan expulsados, como los andaluces musulmanes y hebreos con los que en esa convivís.
Desaparecida en España la monarquía, causa de la decadencia de Andalucía, una República democrática nos hace abrigar la esperanza de que no ha de tardar mucho en ser Andalucía libre, para volver a su pasado esplendor, contribuyendo así al engrandecimiento de España y al bien de la Humanidad.
Los hombres de la “Junta Liberalista”, que, desde hace tantos años, venimos luchando por esta emancipación de Andalucía, redoblamos ahora nuestros esfuerzos, para que, cuanto antes, veamos nuestras aspiraciones convertidas en realidad.
Andalucía, en tiempo de Al-Andalus, se extendía por el África hasta el Atlas; los liberalistas andaluces, consideramos a esa parte también Andalucía; Andalucía Ibérica y Andalucía Africana; separadas o unidas por el “Arroyo Grande”, que dijo Abu-Beck.
Al pensar en esta Andalucía y estos andaluces, nos preocupamos por esa otra Andalucía y por vosotros no menos andaluces.
Aspiramos a que la República española, delegue en Andalucía el protectorado que le ha correspondido ejercer en Marruecos; Andalucía lo practicaría en la única forma admisible entre hermanos; haciendo que el Marruecos sometido hoy al protectorado español, viniese a ser uno de los estados autónomos andaluces; que, federados todos, constituyeran el gran Anfictionado de Andalucía, la República Federal Andaluza o los Estados Libres de Andalucía; término componente de la Gran Confederación Ibérica.
Llegado ese día, vendríais a la tierra de vuestros abuelos, como a tierra propia; seríais, o mejor, seréis tratados como hijos del país; las bibliotecas, los museos, las academias, todos los centros de cultura, los utilizaréis como vuestros; vuestras sinagogas, vuestras aljamas, vuestras mezquitas todas, se os devolverán, y podréis construir cuantas más queráis; las tres religiones judaica, cristiana e islámica, vivirán respetadas, como Al-Andalus supo hacerlo.
Entre las aspiraciones mínimas de los liberalistas andaluces, tenemos una que dice: Máxima protección por el Estado Andaluz, a los andaluces musulmanes y mosaicos, expulsados del territorio peninsular; y, que se tengan en cuenta, con igual preferencia que los demás andaluces, para la colonización en Andalucía de los terrenos vacantes.
Al Marruecos Andaluz, se enviarán cuantos maestros, médicos, ingenieros, capataces y demás técnicos sean necesarios; así como maquinarias, abonos, semillas, material de enseñanza, etc., los que sean precisos, para fertilizar sus campos, regularizar sus lluvias, montar industrias, establecer clínicas y sanatorios, abrir academias, instalar museos, hasta convertirlo en un país culto y floreciente.
Para esto, trabajamos los andalucistas de este lado del Estrecho; para ello, es menester que ayudéis los andaluces de Marruecos. A andaluces decididos, pocas empresas se les resisten; decidíos vosotros, como lo estamos los liberalistas; uníos todos estrechamente, con lazos de fraternidad y amor a la madre Andalucía, que quiere volver a ser lo que fue Al-Andalus; y, no desconfiad; el triunfo es nuestro.
Mientras, hermanos –sefardíes, musulmanes y cristianos- andaluces de Marruecos; que, ahora y siempre, Dios, el Único, el solo Grande, el Omnipotente, el Misericordioso, a todos nos guarde.
JESÚS MARTÍN
En Andalucía Ibérica, para Andalucía Africana, el día del 441 aniversario de la toma de Granada por los reyes de Castilla y Aragón.


Fuente: Vida Marroquí, Melilla, Enero/1933
Imágenes: Arriba, banderas del Protectorado español de Marruecos y de Andalucía; mapa de Andalucía donde aparecen Ceuta y Melilla aparecido en la revista Córdoba (1916); y cabecera de un número de Vida Marroquí (Melilla).
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